LA SANTA MISA Y LAS ALMAS DEL PURGATORIO

Salvo la Misa Tridentina, ningún otro sacrificio posee poder por el que “las almas de los difuntos con mayor presteza salgan y se libren de las penas del Purgatorio”

Nunca en esta vida podremos comprender el rigor de las llamas del Purgatorio, pero un día vendrá en que lo experimentemos. Pero lo que sí podemos hacer es meditar la doctrina de los Padres de la Iglesia sobre el Purgatorio.

Dice San Agustín: “El que se salva -en el Purgatorio- y el que se condena son atormentados por el mismo fuego, cuya acción es más violenta que todo lo que se pueda imaginar, ver o sentir en la tierra”.

Aunque este testimonio  fuera el único, bastaría para atemorizarnos, pues los males de los que está llena la tierra son incalculables y nuestra capacidad de sufrir es un gran abismo a cuyo fondo nadie pudo llegar. Pensemos en las terribles enfermedades que corroen el cuerpo, o leamos en el Martirologio las horribles torturas a las que fueron sometidos los confesores de la fe y así nos persuadiremos de que todo esto no es más que una débil imagen de lo que nos espera, según nos dice San Cirilo: “Todas las penas, torturas y sufrimientos de esta vida, comparados con la menor de las penas del Purgatorio, parecen como una consolación”. Y Santo Tomás lo repite: “La más pequeña de las llamas de este fuego es más cruel que todos los males de esta vida”. ¡Dios mío! ¿Cómo podrá nuestra alma soportar tormentos tan terribles? Lo que si es cierto es que nuestra alma no entrará en el Cielo sino pasando por estas llamas vengadoras, pues esta llena de manchas y malas inclinaciones.

Se podrían citar muchos otros pasajes de los Padres, pero bastará con citar aún a San Bernardo: “Entre el fuego natural y el del Purgatorio la diferencia es tan grande como la que existe entre el fuego y la imagen del fuego”. Santa María Magdalena de Pazzi veía a menudo el fuego del Purgatorio, en el cual vió incluso a su hermano, y dice que el fuego de la tierra en comparación del otro, es como un jardín delicioso. Esta sola comparación debería motivarnos a la penitencia por el temor a tan terribles penas. Y al mismo tiempo excitarnos a una sincera compasión por las pobres almas encerradas en esa oscura prisión, desde las que nos lanzan gritos de súplica.

Sin duda son mucho los medios de los que disponemos para aliviar a las almas del Purgatorio, pero el más eficaz es, según declara el Concilio de Trento, el Santo Sacrificio de la Misa: “A las almas del Purgatorio se les puede socorrer por medio de los sufragios de los fieles, principalmente por el Sacrificio del Altar”.

Dos siglos antes ya nos decía Santo Tomás: “Según la costumbre general, la Iglesia sacrifica y ora por los difuntos, y así los libera pronto del Purgatorio”

Razón de ésto es que en la Santa Misa el Sacerdote y los asistentes no solo piden misericordia, sino que además ofrecen a Dios un gran precio de redención. Las almas del purgatorio no están en desgracia de Dios, pues murieron en estado de gracia, pero permanecen prisioneras para purificarse de sus manchas. Por eso, si llenos de compasión rezamos por ellas y les ofrecemos nuestros méritos, contribuimos a pagar una parte de la deuda de la que nos dice nuestro Juez Supremo: “Cuidad de que no os echen en la prisión, ya que no saldréis hasta haber pagado el último denario”. De este modo, oyendo o haciendo celebrar la Santa Misa por una de estas almas, pagamos una gran parte de su deuda.

Cuando el Beato Enrique Suso, dominico, estudiaba en Colonia, hizo un pacto con su amigo por el cual si uno de los dos moría, el otro estaba obligado a decir cierto número de Misas por el difunto. Acabados sus estudios, Suso se quedó en Colonia, mientras que a su compañero religioso lo enviaron a Suabia, donde murió al poco tiempo. Enrique se acordó de su promesa, pero como ya tenía encargadas otras intenciones de Misas, reemplazó el Santo Sacrificio por la oración, el ayuno y otras mortificaciones. Al cabo de cierto tiempo se le apareció su compañero en lamentable estado y le dijo gimiendo: “¿Así mantienes tu palabra, amigo infiel?” Por entero turbado, el P. Enrique le respondió temblando: “¡ Perdóname querido amigo!, pero como me hallaba impedido de decir la Santa Misa por tí, recé y me sacrifiqué mucho con esta intención”. “Esto no basta -le dijo el otro-, tu oración no es bastante poderosa para sacarme de estos tormentos. Me hace falta la Sangre de Cristo, esa misma Sangre que se ofrece en la Misa. Si hubieras guardado tu promesa, ya hubiera salido yo de ésta prisión de fuego, y si todavía me quemo en ella es por tu culpa”.

El Beato Suso quedó lleno de dolor y de espanto, y fue a ver a su prior, al que le contó la aparición. El prior le ordenó que celebrara lo más pronto la Santa Misa por su amigo. Así lo hizo, y al poco tiempo se le volvió a aparecer el difunto para anunciarle su liberación y prometerle su intercesión en el Cielo.

Notemos bien estas palabras: “tu oración no es bastante poderosa para sacarme de estos tormentos”. Si la oración del Beato Suso no era suficiente, ¿que diremos de la nuestra, tan seca y tibia? Unámosla, pues, durante la Misa a la oración de Jesucristo y a la del Sacerdote, y así se convertirá en una brisa fresca, como dulce promesa de futura liberación en el valle de desolación donde viven esas pobres almas.

Desconocemos la medida en la que la Santa Misa borra las penas del purgatorio. Pero lo que si sabemos es que la Misa bien celebrada u oída en vida nos sirve mucho más que si se ofreciese por nosotros después de la muerte, pues así nos lo dice San Anselmo: “Una sola Misa oída por una persona en vida le vale mucho más que otras muchas dichas por ella después de la muerte”.

Y he aquí las razones:

  1. Si estamos en estado de gracia cuando oímos o hacemos celebrar una Misa a nuestra intención, obtenemos un aumento de gloria para el Cielo, lo cual ni cien Misas dichas después de la muerte nos lo pueden obtener, puesto que entonces ya se habrá acabado el tiempo para poder merecer.
  2. Si estamos en estado de pecado, la Santa Misa nos obtendrá, por la infinita misericordia de Dios, la luz necesaria para reconocernos pecadores y el dolor de haberlos cometido, dolor que nos devuelve la gracia, cosa imposible después de la muerte. La Santa Misa, pues, nos puede obtener la gracia de morir reconciliados con Dios.
  3. Es verdad que las Misas dichas u oídas por nosotros después de la muerte serán como poderosos abogados solicitándonos el perdón ante el tribunal de la justicia, y que si no nos obtienen entonces la remisión total del Purgatorio por lo menos abreviarán su duración y disminuirán su intensidad. Pero a pesar de esto, será necesario que esperemos a que sean celebradas. ¡Que costosa  y dolorosa es la espera de las almas en el Purgatorio! Supongamos que morimos por la tarde y que tengamos que estar en las llamas del Purgatorio solamente hasta la Misa de la mañana siguiente. ¡Que larga nos parecería esa noche! Supongamos aún el mejor caso, en que nuestra pena durase solo el tiempo que dura la celebración de la Misa: ese tiempo sólo nos parecería una verdadera eternidad. Si alguien nos obligase a tener un brasero ardiente durante el sólo espacio de una Misa, ¿no es verdad que daríamos cualquier cosa para librarnos de tal suplicio? Y eso que un tal suplicio no afligiría más que a un solo miembro: ¿que diremos pues del fuego del Purgatorio, que tanto supera en intensidad al calor de un brasero y que ataca a toda el alma? ¿Acaso tendremos menos compasión del alma que del cuerpo? Concluyamos pues que es mejor que las Misas nos estén esperando en la otra vida, en ve de tener que esperarlas nosotros. Es decir: acumulemos un gran tesoro en el Cielo por la piadosa asistencia a la Santa Misa, puesto que en cuanto venga la noche, ¿quién trabajará por nosotros?
  4. El mismo estipendio o limosna que damos para que se diga la Santa Misa es un don espontáneo, voluntario y muy agradable a Dios, en tanto que después de muertos ya no seremos nosotros los que demos, sino nuestros herederos. ¿Y acaso no vemos todos los días como en general se cuidan tan poco de socorrer piadosamente a sus difuntos? Más vale pues asegurarnos el futuro mientras estamos en vida y poseemos nuestros bienes.
  5. Finalmente, no olvidemos que el tiempo de esta vida es tiempo de misericordia y que el tiempo futuro será de justicia. Dice San Buenaventura. “Así como una pepita de oro vale mucho más que un que un lingote de plomo, así también una pequeña penitencia hecha voluntariamente en esta vida vale mucho más ante los ojos de Dios que una gran penitencia que nos sea impuesta en la otra”

Por eso si pudiésemos contemplar con nuestros ojos los torrentes de gracias que desde el Altar se derraman sobre el Purgatorio, ¡con cuánto esmero nos esforzaríamos en procurar a esas almas el divino beneficio de la Misa! Y no objetemos aquí el que somos pobres, pues si la pobreza nos pudiera quizá impedir hacer celebrar Misas, no nos puede privar de oírlas, lo cual es un acto muy meritorio. Asistamos pues a la Santa Misa, para aumentar nuestra caridad y ofrecerla por las almas del Purgatorio.

Este era el consejo que un hombre de Dios daba a una pobre viuda que se quejaba de no poder hacer celebrar Misas por su difunto marido: “Asista frecuentemente al Santo Sacrificio por él y así se liberará del Purgatorio más pronto que con una o dos Misas celebradas a su intención”.

Este consejo sirve para todo el mundo; no porque sea más ventajoso que hacer celebrar Misas, sino porque ya es una gran consolación para las almas que sufren el ver que les ofrecemos la Sangre preciosísima de Cristo, que les llena de rocío celestial. Por eso nunca un enfermo fue tan consolado por un vaso de agua fresca como lo son nuestros difuntos cuando en la Misa los rociamos místicamente con unas gotas de esta Sangre Divina.

Y añadamos también lo siguiente: cuando se incensan las tumbas o se las asperja con agua bendita, las pobres almas reciben consuelo y alivio. Y eso que las gotas de agua bendita solo tocan el suelo. Pero la Santa Iglesia, por su bendición y oraciones, da a ésta agua la fuerza de servir como refrigerio en el Purgatorio.

No perdamos, pues, la costumbre saludable de echar agua bendita en el lugar en que reposan nuestros difuntos para consolarlos y aliviarlos.

 

Esta entrada fue publicada en Artículos. Guarda el enlace permanente.