CLÉRIGOS SACRÍLEGOS

El que comete pecado, ése es del diablo, porque el diablo desde el principio peca.  1 Jn. 3, 7.

Queridos hermanos, tema doloroso, triste y angustioso el de los clérigos sacrílegos, pues no hablamos de casos aislados, sino de una verdadera legión. Si el pecado en sí  es grave y de consecuencias eternas para el alma, si el pecado rasga el cuerpo místico de  Cristo, si rompe a girones el virginal manto de  la Santísima Virgen, que no hará el pecado de los clérigos. ¡Qué horror el pecado de sacrilegio de un sacerdote! Es obra del diablo, y prueba inequívoca de su existencia y presencia.

El sacrilegio evidencia de forma excepcional y clara la presencia del demonio en la Iglesia, su temporal imperio, y dominio sobre tantos ordenados. ¡Pobres pecadores! Eran las palabras de la Virgen de Fátima mientras mostraba la visión del infierno y de los condenados a los niños. Siempre se combatió en la Iglesia de forma expedita este tipo de horroroso pecado. Se aplicaron severas penas disciplinares, verdadera medicina espiritual para el alma del condenado, penas que en ocasiones sirvieron para el arrepentimiento del pecador y su reconciliación con Dios. Ahora asistimos a un verdadero avance del sacrilegio en la Iglesia sin que haya respuesta alguna por quienes han de cuidar por la ortodoxia de la fe.

El sacrilegio ha tomada carta de naturaleza en la Iglesia que peregrina en la tierra, esta Iglesia que parece quiere separarse cada vez más de la Iglesia celestial, a la que ya no mira como modelo de perfección y en la que ya no quiere mirarse, sino que la contempla como una realidad no alcanzable ni imitable, una realidad desligada de la realidad temporal. Porque la Iglesia temporal se aferra al mundo, a lo palpable, material, a lo placentero de lo que nos rodea, ofreciendo ese futuro temporal al hombre; ese hombre que busca y quiere su particular cielo en la tierra con sus diversiones, placeres y ocupaciones. Ese hombre que no aspira más que su felicidad aquí abajo.

¿Galileos qué hacéis mirando al cieloEl que se ha marchado vendrá; sí, vendrá a juzgar al mundo, vendrá a juzgar a aquellos que le conocieron, a los que no quisieron conocerle, y a los que nunca pudieron conocerlo. Pero los clérigos sacrílegos no miran al Cielo, sino al suelo. Su mirada, su corazón, su alma está en la tierra, en el polvo, en el fango, en la ciénaga de sus pecados. Y están a gusto y tranquilos porque nadie les amonesta, sino que, por el contrario, se unen a ellos, animándose unos a otros en su sacrilegio. ¡Ay del día  del juicio! ¡Si Dios le permitiera, aquí y ahora,  sentir en su alma el escalofrío indescriptible e inenarrable de una pequeña prueba de lo que será su juicio tras la muerte! Bastaría y sería suficiente para el más profundo y amargo arrepentimiento. Pero la mayoría no tendrán tan inmensa gracia, porque tienen la tradición, el magisterio y la fe que hablan claramente de este pecado, y no quieren creer.

Los clérigos sacrílegos se atreven a entrar al altar de Dios, a ofenderlo despiadadamente, inmisericorde, manchan con su sola presencia el lugar santo por excelencia de la Iglesia, el altar del Sacrificio. Han tomado el lugar de Dios para su perpetrar su pecado, se revisten con las vestiduras sagradas para denigrarlas, hacen del santo sacrificio un verdadero triunfo del mismo diablo. Es el mismo satanás que se reviste con las castas y puras vestimentas sacerdotales. Es el diablo quien sube al altar de Dios. ¡Y yo no puedo hacer nada! Nada soy, ninguna autoridad tengo, nadie me escucha, ni en nadie influyo. Tengo que ver como a mi Dios y Señor estos sacrílegos sacerdotes le flagelan, escupen y crucifican, y no puedo evitarlo.

Sólo me queda introducirme en el Sagrado Corazón de Jesús, y desde allí intentar reparar y consolar su amargado Corazón, atravesado una y otra vez por la lanza de los clérigos sacrílegos. Pobre Inmaculado Corazón de María rodeado de espinas, sangrando al ver cómo al Hijo de sus entrañas lo crucifican sus propios  hijos predilectos, esos sacerdotes que un día eligieron ser otro Cristo. Ya olvidaron su vocación, su misión, ya dejaron de desear la vida eterna, la salvación de su alma y las de los que les siguen. ¡Pobres ovejas que van al desfiladero!

Esos sacrílegos, sacerdotes y jerarquía eclesiástica, no son lo que aparentan. No. Aparentan sacerdotes u Obispos, pero tras sus prendas sacerdotales están cubiertos de pies a cabeza de la costra de sus propias heces que se ha solidificado. Su cuerpo entero, como su corazón, está cubierto de esta pestilente capa, de este hedor insoportable que desprenden de todo su ser empecatado. Son los clérigos sacrílegos cuyo hedor les precede e indica que por allí vienen. Es el hedor de su pecado, que sólo pueden oler los que llenos de santo temor de Dios quieren ser fieles a su santo ministerio sacerdotal, en perfectísima pureza, castidad perpetua y crucificados con nuestro Señor Jesucristo; los que viven su sacerdocio en, desde y por el Calvario, para la gloria de Dios, santificación de su Iglesia y salvación de las almas. Pero los que viven acobardados y retraídos en su ministerio sacerdotal, no son capaces de darse cuenta de tal hedor, no son sacerdotes sacrílegos, pero si en algún momento las circunstancias y la obediencia -falsa-  les obligara, no dudarían en serlo.

Los fieles sacerdotes son los que sintiéndose indignos, y con profunda humildad, tienen el Cuerpo de Cristo en sus manos para, con temor y temblor,  ofrecerlo al Padre Eterno en el Santo Sacrificio de la Misa. Es el Cuerpo de Cristo que jamás expondrán a que sea profanado por nadie, porque serán juzgados por ello severamente y merecidamente. No puede haber castigo más merecido que el que recaiga sobre un sacerdote que no ha cuidado  de la santidad del Cuerpo de Cristo. Son los sacerdotes  que no permiten que se profane el Cuerpo de Cristo en su presencia, porque han empeñado su propia vida en ello, porque su sacerdocio depende de su fidelidad integra al Sumo y Eterno Sacerdote, y su infidelidad sería su muerte espiritual.

El sacrilegio avanza, se hace presente cada vez más  en la Iglesia; los clérigos sacrílegos aumentan, y un estruendoso silencio de connivencia  les acompaña, tratando dar carta de naturaleza a su  infame pecado. ¿Dónde está la autoridad? Hace tiempo que quedó deformada y debilitada, era necesario para que llegara este momento.

¿Qué puedo hacer? Reparar. Alejarme del hedor de los sacrílegos. Fidelidad integra al depósito de la fe recibido. Y a semejanza y ejemplo de los santos niños de Fátima, Francisco y Jacinta, orar, hacer sacrificios y penitencias por los pecadores, y para consolar el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. ¡Pobres pecadores!

 

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