UNA DEGRADACIÓN DEL AMOR CRISTIANO: LA “SOLIDARIDAD”

Cada época tiende a desarrollar una serie de “palabras de orden”, una especie de vocablos “mágicos” al conjuro de los cuales se abren las “puertas”. Suenan bien a los oídos del interlocutor y sintonizan con un supuesto “espíritu de la época”, que, en la mayoría de los casos, es mero tópico.

Tal ocurre, por ejemplo, con la palabra “democracia”. El peor de los dictadores, ya sea que sojuzgue al pueblo por métodos violentos, ya sea que, haciendo suyo el célebre lema “Vulgus vult decipi, ergo decipiatur” (“El vulgo quiere ser engañado, pues engañémosle”), construya su reino sobre la mentira, siempre pagará su tributo a dicho vocablo y se declarará “más demócrata que nadie”.

Algo semejante ocurre con el término “solidaridad”.

Lo primero que nos llama la atención es la trivialización del vocablo. Parece que cualquier cristiano sabe de qué se trata, que no es necesario ir más lejos: no hay que ser egoísta, conviene pensar en los demás y hacerlos partícipes de aquello que, a veces apresuradamente, consideramos “nuestro”.

Y es que, con frecuencia, la actitud solidaria no rebasa el ámbito de la moralidad, cuando no el de la moralina o el de las modas ideológicas, con la consiguiente desvalorización de todo aquello que diga relación a la noción cristiana de “prójimo”, indisociable de la experiencia de Dios.

¿Cómo se ha llegado a semejante situación? Sin entrar en las ocultas maquinaciones de quienes conscientemente pretenden deformar el mensaje cristiano, por fortuna pocos, parece indudable que la causa inmediata radica en una cierta disociación histórica entre el ámbito de la fe y el de las obras, como si el primero perteneciese a la esfera “sobrenatural”, a diferencia del segundo, calificado de “natural”.

Concretemos un poco más. El cristiano que vive rutinariamente su existencia corre el riesgo de separar su fe en Dios y su vida sacramental de las obras en que esa fe se manifiesta.

De hecho, en los años que siguieron al Concilio Vaticano II, no pocos cristianos empezaron a minimizar la vida sacramental, como si de una cuestión sin importancia se tratase, volcándose, en cambio, en la práctica y organización de las obras de solidaridad, quizá impresionados por el comportamiento de personas que, sin ser creyentes, se mostraban especialmente activas en este campo.

Se llegó así a una sobrevaloración de tales obras, mientras que la práctica sacramental quedaba reducida a puro formalismo.

No era la primera vez que algunos cristianos experimentaban cierto “complejo de inferioridad” frente a los no creyentes, que suelen “hacer trampa” al juzgarse a sí mismos mejores que los cristianos, pues, a diferencia de ellos, no pueden soportar el sentirse pecadores.

¿Por qué motivo? Justamente porque no se sienten perdonados por Dios y, por consiguiente, tendrían que cargar ellos solos y para siempre con el peso de sus culpas.

Quedan así “obligados” a tener “buena conciencia” y a “absolverse a sí mismos”, mientras que un cristiano, aun después de cumplir con su deber, siempre seguirá sintiéndose un “siervo inútil”.

A la vista de lo anterior, ¿cómo distinguir entre la solidaridad puramente humana y la que se deriva del Evangelio?

Es claro que, sin la referencia a la fe en Dios y al amor divino, en cuyo “circuito” hemos de insertarnos, no puede haber amor al prójimo en sentido estricto. En otro caso, se corre el riesgo de reducir el amor cristiano a una serie de valores morales.
Sin negar la validez de los mismos en su propio terreno, es claro que al cristiano se le pide mucho más. Es verdad que Cristo, al hablar del Juicio Universal, se dirige a quienes le han acogido, diciendo: “Venid, benditos de mi Padre…porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…”, pues “…Lo que hicisteis con uno de estos “pequeñuelos”, conmigo lo hicisteis…”, etc.

Pero aquí no hay ningún enfrentamiento entre el amor a Dios y el amor al prójimo; simplemente se afirma que quienes practican la caridad o la misericordia en sentido estricto aman a Cristo en el prójimo sin necesidad de “saberlo” de modo consciente y reflejo.

De lo contrario carecerían de sentido las palabras de san Pablo: “Y si distribuyo todos mis bienes para sustento de los pobres y entrego mi cuerpo a las llamas, si la caridad me falta, no me sirve de nada”.

Evidentemente, aquí se supone que puede haber una solidaridad no creyente que nada aprovecha (“para el reino de Dios”, se entiende).

Existe, pues, un criterio diferenciador que nos permite distinguir entre una cosa y otra: la caridad es el amor que, proviniendo de Dios, hace posible que nosotros le amemos a Él y, a causa de Él, amemos también al prójimo como a nosotros mismos.

De otro modo sería imposible no ya el amor al prójimo, sino también el auténtico amor a nosotros mismos. Negada u olvidada la referencia a Dios, cualquier conducta solidaria se vuelve pálido remedo de la caridad.

Un ejemplo de esto lo tenemos en la corrupción o manipulación política o ideológica del vocablo que acompaña a algunas formas de la llamada “solidaridad organizada”.

Y ello nos lleva a plantearnos la necesidad de distinguir entre las O.N.G. orientadas a la práctica de la caridad y las que solo sirven de cobertura a intereses políticos o propagandísticos.

Y es que el movimiento de solidaridad con el Tercer Mundo, cuya primera piedra, como en tantos otros casos, fue puesta por organizaciones eclesiales, ha sido, en gran parte, aprovechado y desviado por algunos Estados para otros fines…En definitiva, se trataba de “poner los huevos en nido ajeno”.

Terminamos saliendo al paso de una pregunta que podría surgir tras las anteriores reflexiones: ¿Entonces la práctica de la solidaridad al margen de Dios no sirve de nada?

Santa Catalina de Siena, entre otros autores, responde con claridad a este interrogante: cualquier obra buena que haga un incrédulo, aunque no tenga valor para el reino de Dios, no pasará desapercibida a los ojos del Eterno. ¿De qué manera? ¿Quizá Dios facilitará ulteriormente a tales personas la oportunidad de reorientar su vida? Inescrutables son los caminos de la Providencia.

Otra cosa sería practicar la solidaridad frente a Dios. En tal caso, uno no puede evitar la sospecha de que nos encontramos ante alguien cuya norma de conducta es estar “por encima del bien y del mal”, realizando uno u otro según convenga.

Por consiguiente, sin usurpar el lugar de Dios, que en su día juzgará rectamente las acciones humanas, hemos de insistir en la diferencia entre la solidaridad sin más y el amor cristiano. La primera se realiza al margen de Dios; el segundo supone la inserción del hombre en el “circuito” del amor divino.

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