LA FAMILIA CATÓLICA Y EL HUMANISMO: UN MATRIMONIO MALAVENIDO

He aquí dos entidades bien distintas: la familia católica y el humanismo. ¿Existe una oposición entre ambas? o ¿Hay una convivencia fructuosa posible o una convivencia amarga, como en un matrimonio mal avenido? Para resolver el problema, conviene tener y guardar siempre presente al espíritu el prototipo de la verdadera y buena familia, a saber: la Sagrada Familia.

Fines de la familia católica y del humanismo

En la Sagrada Familia, Dios es el primero en ser servido y todos sus miembros se reconocen servidores: “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me envió” (Juan, VI, 38). “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lucas, I, 38). En esta Familia, la oración diaria en común, es una evidencia, sabiendo que sin el auxilio de Dios, fundador y conservador de la célula de la sociedad, ésta misma no puede existir ni perdurar. Es claro entonces que la familia católica tiene como fin: alabar y servir a Dios cumpliendo su voluntad. El humanismo no tiene otro fin sino servir al hombre, alabando la naturaleza humana en sí, en lugar de alabar a su Creador, Señor y Dueño de todas las cosas. Sutilmente, el humanismo exalta al hombre en sí, hasta hacer olvidar las postrimerías y negar, en fin, su dependencia con Dios. “Es como un crimen de idolatría el no querer sujetarse al Señor” (I Reg. XV, 22). “El hombre que quiere obrar por propio antojo, con independencia de Dios, comete una especie de idolatría, porque en este caso, en vez de adorar la voluntad de Dios, adora en cierto modo la suya” (San Alfonso).
La familia católica sirve a Dios, el humanismo sirve al hombre. Y “nadie puede servir a dos maestros” (Mateo, VI, 24). Cuando dos personas se casan, están uniendo sus voluntades para servir al mismo Dios. ¡Entonces, unir a la “señorita familia católica” con el “Señor humanismo” es inválido porque no sirven ni rezan al mismo Dios!

Detectar el humanismo y suprimirlo

Por desgracia, esta clara oposición e incompatibilidad no parece ser tan clara para todos. Muchos padres quieren ver los resultados desastrosos para creer. En efecto, hoy existen familias católicas, donde los papas se quejan y lloran por no obtener los frutos esperados de la educación “católica” que están dando. A menudo, la causa de estas quejas y lágrimas es simplemente la presencia activa del enemigo en el seno de la familia. Intentemos detectar a este enemigo de la familia, el humanismo en nuestros hogares:
• En el adorno o decoro de la casa: ya sea en los cuadros, las imágenes o las estatuas: ¿Realmente ayudan a los miembros de la familia a adorar y servir a Dios? Las revistas (verbigracia: de moda), los libros y películas… que hacemos entrar en la casa: ¿Cooperan a la gloria del hombre en los hombres o a la Gloria de Dios en las almas? Es impresionante como a la sociedad moderna le gusta poner vidrios como fachada de los edificios, grandes espejos en los dormitorios, con un lujo exagerado en los baños: ¿Será que quieren reflejar el alma humana? ¡No! Eso es causado por el humanismo, que alaba más al cuerpo que al alma ocasionando el “animalismo” familiar.

•  En el vestir de los miembros de la familia: ¿A quién glorifica el vestir? “Hay que ser humano” dice mucha gente y queriendo disculparse, añade “Pero Padre: un poco de comprensión, por favor. Mire al mundo en el cual vivimos”. No nos dejemos engañar. Imitemos lo que haría la Sagrada Familia, hoy en día: ¿El Niño Jesús tendría playeras con logotipos “Chivas”, “Rock”…? ¿La Virgen María seguiría la moda Barbie, iría a la Iglesia con chancletas……..? ¿San José iría a Misa los domingos con un vestir peor que el vestir usado entre semana para el trabajo? Las comodidades egoístas y el “qué importa” (es decir la indiferencia) son frutos del humanismo que no busca a Dios sino su satisfacción personal (idolatría interior).
•  En la formación y educación de la familia: los papas deben asegurar a sus hijos lecturas sanas que den buenos principios y buenos ejemplos; ofrecerles buenos juegos y diversiones que desarrollen sanamente sus talentos (verbigracia: los dinosaurios de plástico y las muñecas de barbie son totalmente antieducativas).

Los papas deben darles, poco a poco, una verdadera cultura formando en ellos el juicio fundado sobre los principios de nuestra fe católica. Educar católicamente a sus hijos es educarlos con un espíritu de fe siguiendo como base el Evangelio. Despreciando en silencio lo sobrenatural; el humanismo fácilmente se burlaría de las mamas católicas que dan el primer beso a su bebé recién nacido únicamente después del bautismo. Buscando en todo el confort y el éxito natural, el humanismo hará todo para que los hijos tengan una cabeza llena de soberbia y orgullo, y no un cerebro bien formado, con ideas claras, sobre quien es Dios omnipotente, que nos ama y nos ha redimido, y quienes somos nosotros, criaturas egoístas e ingratas, que -con la libertad que Él nos dio- lo rechazamos con nuestras acciones día a día. Esos padres de familia humanistas tendrán la tendencia de buscar más el papel del certificado de estudios que la salvación del alma de su hijo. En fin, la familia humanista no tiene tiempo para rezar en familia y así destruye sin ruido el fervor de las tres virtudes teologales recibidas en el bautismo.

• Cuando los hijos son adolescentes y mayores: relativizando todos los principios de la fe, el humanismo fácilmente conduce al liberalismo y a la no vigilancia de los hijos permitiendo a los adolescentes hacer lo que quieran, pensar como quieran, salir a donde quieran y con quien quieran, en lugar de formarlos enseñándoles lo que es la vida, la vocación, el matrimonio y el verdadero noviazgo católico (vivir como hermano/hermana, fundando el amor mutuo sobre el amor de Dios, sobre el amor a la Santa Misa y sobre el amor a la oración, rezando juntos). Dar otras libertades no es señal de amor.
Cosa cierta es también, que teniendo como resultado principal el de disminuir el fervor para servir a Dios, y de conducir al naturalismo, inmanentismo y egocentrismo, el humanismo alaba más al cuerpo que al alma, fomentando el desarrollo de las vanidades, particularmente femeninas (verbigracia: ¡el uñanismo!) hasta hacer perder el buen sentido y también el sentido del ridículo. Lejos del espíritu de fe, lejos del espíritu de sacrificio, lejos del espíritu de penitencia, el humanismo busca el confort y satisfacción del individuo, ignorando el fin real del hombre y haciendo creer que la felicidad está sobre la tierra.
Introducir o mantener el humanismo en nuestras familias, es sin duda, prepararse una vejez con mucho dolor y soledad. ¡Por sus frutos se les reconocerá!
¡¡Del humanismo, líbranos Señor!!

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